domingo, 20 de abril de 2014

Cholitas albañiles dejan huella en Cochabamba

Sombreros de ala ancha, chompas de hilo, polleras que cubren hasta poco más abajo de las rodillas dejando ver pantorrillas cubiertas con buzos de lana, y zapatos planos o chinelas. Es el atuendo utilizado por un grupo de mujeres para trabajar con tenazas, palas y otras herramientas, levantar pesados fierros que sostendrán una casa o cubrir una pared con cerámica. No llevan ropa de trabajo propiamente dicha, sino las prendas más desgastadas de su armario.

Solo algunas se colocan encima un mandil a cuadros. Son albañilas de las cooperativas Warmi Sartawi y Horneras que trabajan en Achumani, una de las OTB (Organizaciones Territoriales de Base) del Distrito 9 de Cochabamba ubicado en el sur de la ciudad.

Ni ellas mismas se creían capaces de desempeñar este oficio atribuido socialmente a los hombres. Y lo mismo les sucedía a sus compañeras de Plan 700, una zona del Distrito 8. Allí, varias mujeres de la cooperativa Ñawpajaman están ampliando la vivienda de una de sus compañeras y vecinas, Lidia Torres, y de su esposo, Luis Torrico. Han levantado un muro contra la pared de tierra que hay en la parte posterior de lo que serán las nuevas dependencias de la casa y cuatro pilares de hormigón armado. Hay un pequeño andamio, restos de una ch’alla y tablones de madera esparcidos por el suelo. A diferencia de las albañilas de Achumani, aquí, además de pollera, hay mujeres que prefieren llevar pantalones para realizar este trabajo. La mayoría usa sandalias. A veces, las cambian por unas botas, un calzado más robusto que evita que se les incrusten clavos.

Hace dos años que Marta Gómez, una de las obreras, empezó a formarse como albañila para ser parte de Ñawpajaman, una de las Cooperativas de Servicios en Mejoramiento y Construcción Habitacional. Se trata de uno de los proyectos de la institución cochabambina sin fines de lucro Procasha (Fundación de Promoción Para el Cambio Social Habitacional). El objetivo de este plan es mejorar la calidad de vida de familias con bajos ingresos. Y, para ello, una psicóloga amiga de la directora ejecutiva de la fundación, Graciela Landaeta, pensó en formar a las madres de zonas deprimidas para que arreglaran y mejoraran sus propias viviendas y, así, romper la idea de que hay tareas para hombres y otras para mujeres.

“Eso nos parecía un gran desafío porque íbamos a entrar a un campo que, desde el imaginario de la sociedad, es de varones. ¿Y por qué no lo van a poder hacer las mujeres?”, plantea Gabriela. Para acabar con el estereotipo no solo hacía falta cambiar la actitud masculina, sino también los esquemas entre el sector femenino. Y ninguna de las dos ha sido tarea fácil. Se han dado, incluso, situaciones extremas y violentas: “Hemos tenido casos de mujeres a las que sus parejas las han agredido físicamente porque se querían capacitar”, cuenta la directora.

Antes, Marta, que lleva pantalón deportivo oscuro, polera a rayas blancas y rojas, chinelas y que cubre su cabeza del fuerte sol con un sombrero de estampado militar, era (y sigue siendo) ama de casa. Hace un par de años decidió formarse como albañil para arreglar su vivienda. “Eso no deberías alzar, es pesado”, le decía su marido a esta mujer de 36 años con tres hijos cuando la veía levantar cemento. También colocó cerámica en el interior de la vivienda. “Las mujeres no pueden hacer eso”, escuchaba expresar a su esposo y su cuñado cuando la veían trabajar. Sin embargo, gracias a lo aprendido, levantó un muro alrededor de la casa de la familia.

Nora Choque, de 28 años, y Lidia Quisbert, de 46, son de la cooperativa Wara, de la zona 1º de Mayo. La primera lleva dos años aprendiendo albañilería; la segunda, uno. Además de estar al cuidado de su hogar, ambas trabajaban también fuera de casa. Lidia, viuda, se dedicaba a la limpieza para sostener a sus cuatro hijos, de los que perdió a uno. Aunque le falta aprender algunas cosas, como preparar colores para pintar o saber leer planos, se siente capacitada y hasta dice qué labores prefiere: “Yo hago de todo y me gusta armar el encofrado, que es pesado, pero igual se puede”. Cuenta que las columnas de hormigón armado, de mucho peso, tienen que cargarlas entre diez compañeras.

Demetrio Choque, maestro albañil, es uno de los guías capacitadores que transmiten su experiencia a las aprendices. Fue su hija Nora la que le habló de la existencia del proyecto. “Primero pensé que esto era una locura”, reconoce. No obstante, ahora opina que hombres y mujeres desempeñan este oficio por igual. Con ellas, las construcciones avanzan a paso lento, pero seguro, afirma. El hecho de que algunas no saben leer ni escribir y que sólo hablan quechua (aunque él también domina este idioma) o aymara, sí le presenta algunas dificultades.

Absolutamente, todas las albañilas llevan con ellas a, al menos, una de sus wawas. Como Nora, la hija del guía facilitador, que carga un bebé a la espalda dentro de un aguayo verde con rayas rosas, rojas y azules. Hasta hace dos años era ama de casa y comerciante, y compartía su vivienda de adobe sin baño con su esposo, que es policía, y sus tres hijos. “Al principio, él no valoraba lo que yo hacía”, cuenta Nora. Y un día él se marchó, dejándola a cargo de toda la prole. Demetrio la animó a entrar a la cooperativa y, después de un tiempo, con ayuda de sus compañeras, cambió los adobes de su hogar por ladrillo y hormigón, hizo un baño, le aumentó un cuarto (ahora tiene dos) y construyó el muro perimetral. “Yo nomás lo he mejorado. Ya no contrato albañil”, asegura sonriente dejando ver el contorno plateado de uno de sus dientes.

Después de las mejoras, su esposo regresó y, desde entonces, hace algunas cosas en casa, como lavar la ropa. “A veces”, acota la que es ahora la presidenta de la cooperativa Wara. Ella se levanta a las cuatro de la mañana para preparar la comida, de la que se lleva su ración al trabajo. Como sus hijos van al colegio por las tardes, les deja el reproductor de DVD listo para que solo tengan que darle al play y pipocas. Así se entretienen y no salen de casa. Solo el bebé va con ella, salvo si le toca pintar: entonces, ve quién puede cuidarlo y, en última instancia, busca una niñera.

Retorna a las ocho de la noche. Entonces tampoco descansa: atiende las cosas de la casa hasta pasada la medianoche. En el hogar de Lidia y Luis las cosas no son así, asegura él: “El hombre es igual: cocina, lava. Las mujeres tienen los mismos derechos. Tienen derecho a trabajar”.

En Achumani, las albañilas de las dos cooperativas de la zona laburan de lunes a viernes de 08.00 a 11.30 y de 13.30 o 13.45, hasta las 18.00. Ahora están colocando losa alivianada entre la planta baja y el primer piso de una casa, una obra que ha sido asignada a Horneras. Es su primer contrato externo: la propietaria, que pidió cuatro trabajadoras, no pertenece a la asociación. Ése fue el siguiente paso del proyecto: lograr que, más allá del ayni (“hoy por ti, mañana por mí”) con el que unas a otras se ayudan a arreglar las viviendas de cada cual, lograrán recursos económicos con obras ajenas a las de las socias de las cooperativas. Es la propia fundación la que busca a los clientes, explica Graciela. Ahora, falta que sean autosostenibles. Para ello ya se están formando guías capacitadoras mujeres y ya hay algunas albañilas que buscan trabajos, como Nora, que lleva siempre volantes para repartir: “Somos Hombres y Mujeres albañiles con mano de obra calificada para la construcción”, señala el panfleto, en el que se ofrece obra gruesa (cimientos, impermeabilización, hormigón armado, levantado de muros, etc.) y fina (contrapisos, revoques, revestimientos con cerámica, pintura...). Incluso, el esposo de Nora le hace propaganda entre sus compañeros del cuerpo policial. Gracias a eso, ya ha ido a pintar algunos departamentos. Empero, sigue topándose con la discriminación: “A las mujeres no nos valoran mucho todavía”. A veces, como les pasa a otras, se encuentra con contratistas que quieren pagarle a 80 bolivianos el jornal, como maestra de obra, cuando a un varón del mismo rango le ofrecen 100 bolivianos. Y no solo eso: si hay albañiles trabajando cerca, oyen las burlas que les dirigen.

Agachadas sobre el suelo de plastoformo blanco que reluce bajo el sol de casi mediodía, cuatro de las Horneras ajustan con tenazas las viguetas (barras de fierro) sobre las que se hará el vaciado del hormigón. De repente, una de las señoras sale corriendo: dice que se le va a quemar la olla que dejó al fuego con el almuerzo. Y se va con su bebé a cuestas. Aquí, como en Plan 700, los niños pequeños tienen que acompañar a sus madres a su trabajo. “Hay toda una estructura social que te impide ejercer tu derecho (como mujer) en equidad de condiciones. Y un tema es el cuidado de los niños”. Ellas son las que se hacen cargo de los pequeños y, coinciden las obreras, eso les impide, a veces, cerrar contratos porque los dueños de las casas no quieren wawas de por medio. Procasha ha pensado que las propias cooperativistas creen una guardería, agrega Graciela, aunque sería una opción temporal. “Ésa es una solución que debería venir desde el Estado: debería haber guarderías”. Además, sugiere que, para romper la violencia estructural que dificulta a la mujer entrar a ciertos puestos laborales, podría financiarse el mejoramiento de viviendas con la condición de que se emplee a albañilas para hacer las obras.

Cuando comenzaron, usaban su propio vocabulario para referirse a las herramientas de la albañilería. Ahora, ya saben el nombre de cada cosa e, incluso, dicen orgullosas que enseñan lo que aprenden a sus maridos. Pero, a diferencia de ellos, salen corriendo del trabajo, con los hijos a cuestas, para apagar el fuego de la olla.

La Razón






martes, 15 de abril de 2014

Entrevista a Gabriela Quispe de Hola País - PAT

Soy Gabriela Rossi Quispe Condori. Nací el 9 de febrero de 1989 en La Paz. Estoy terminando la carrera de comunicación en la Universidad del Valle. Soy Soltera, hincha de la selección y mido 1.65 m. Estoy como co-productora de la revista Hola País y periodista de las unidades móviles de la ciudad de El Alto (en PAT).


LG: ¿Cuál es tu mayor tesoro?
G: Mi mamá, es una mujer muy luchadora, gracias a ella soy todo lo que soy.
LG: Si volvieras a nacer, ¿qué cambiarías de tu vida?
G: Nada, a pesar de las debilidades, estoy cumpliendo satisfactoriamente todo lo que quiero, tanto en lo profesional como personal.
LG: Físicamente, ¿cambiarías algo?
G: Nada, tal vez ser un poquito más alta (sonríe).
LG: ¿Cuál es tu mayor fortaleza?
G: Mi familia, es mi mayor fortaleza que me ayuda a hacer todo, en especial mi mamá, ella es la que me empuja a todo
LG: ¿Cuál es tu mayor debilidad?
G: El amor, soy muy enamoradiza (sonríe), no soy de esas personas fuertes, un varón puede conquistarme rápido y trato de evitar eso y dedicarme al trabajo.
LG: ¿Qué es lo mejor que han dicho u opinado de ti?
G: Que soy una persona humilde, abierta, no soy creída, muchos dicen: “Ya está en la tele, se cree mucho, no va a saludar”, pero no soy así, destacan mucho que comparto con la gente y que me gusta reír.
LG: ¿Y qué lo peor?
G: Que en el trabajo soy muy dictadora (sonríe).
LG: ¿Tienes alguna manía antes de o para dormir?
G: Comer, me gusta comer, depende lo que me antoje, una lasaña, pizza, como de todo.
LG: Cómo te gusta dormir, ¿abrigada o liviana?
G: Liviana, con pijama y sin varias frazadas, muchos piensan que las mujeres de pollera dormimos con nuestras enaguas y no es así, tengo pijama (sonríe).
LG: ¿En qué piensas cuando despiertas?
G: En qué voy a hacer en la revista (Hola País), soy muy dedicada al trabajo.
LG: ¿Eres parte de las redes sociales?, ¿qué opinas de ellas?
G: Sí, son buenas por una parte, porque encuentras a personas, te enteras de cosas que no sabías y también son malas, porque ponen comentarios sin sentido y dañan a la gente.
LG: ¿Cómo te desenchufas de la rutina?
G: Yendo al cine, me gusta ver películas, sobre todo de comedia o de terror, que me encantan, también voy a pasear con mi mamá, mi familia y así olvidarme de las noticias, antes iba al cine cada fin de semana.
LG ¿Qué cosa nunca perdonarías?
G: La traición, para nada me agrada.
LG: ¿Cuál ha sido el día más triste de tu vida?
G: El día que falleció mi compañera Analí Huaycho.
LG: ¿Qué haces cuando reniegas?
G: Lloro por la impotencia y me dicen: “Lloras porque eres una maricona”, pero no, cuando reniego, reniego y ya no aguanto y quiero reaccionar como otras personas que van a los gritos o se desfogan con la gente, pero yo lloro.
LG: ¿Cuáles son los defectos que te molestan de los demás?
G: Que no sepan asumir su culpa cuando la tienen, que sean perezosos, no me agrada la gente floja y chismosa.
LG: ¿Te consideras más una aventurera o conservadora?
G: Conservadora, todo lo hago planificado, sino no lo hago.
LG: ¿Cuál es el mejor consejo que recibiste?
G: De Eddy Luis (Franco), que soy una persona muy trabajadora y que lo siga siendo, que siga siendo una excelente profesional, que siga dedicada a mi trabajo.
LG: ¿Cuál fue tu derrota más grande y qué aprendiste de ella?
G: Por lo general todo lo que me propuse lo he ido logrando, pero lo que no me gusta son los concursos de belleza. Yo participé en el concurso de Cholita Paceña un año y por el hecho de que no parezca una cholita del campo, no me tomaron en cuenta y todos mis amigos estaba ahí, apoyándome y (los del evento) no se fijaron en eso. Ellos querían una cholita indígena, que sea del campo, en eso se fijaban mucho y esa derrota me ha dolido harto, ¿no?, el que me digan saliste finalista pero no ganaste y todos decían: “Cómo es posible que no haya ganado”.
LG: ¿Qué poderes mágicos te gustaría tener?
G: Ver el futuro para saber las cosas que van a pasar, quisiera tener un espejo mágico para saber qué hará otro canal (sonríe).
LG: ¿Cómo te gustaría que te recuerden?
G: Con mucha alegría.
LG: Si tendrías que ser otra periodista ¿quién serías?
G: Casimira Lema, es una persona muy audaz e íntegra.
EN POCAS PALABRAS
PAT: Una familia.
Unidades móviles: Un reto que cumplir.
Gonzalo Rivera: Mi admiración para él.
Canal 57: Gran experiencia.
El Alto: Ciudad hermosa.
Lidia Chaves: Gran ejemplo.
Inés Quispe: Mujer luchadora

EL DIARIO

viernes, 11 de abril de 2014

Cholitas gorditas y bajitas

Para ser una modelo cholita no hace falta ser alta y delgada. Las mujeres andinas que se preparan para desfilar en pasarelas o aparecer en publicidades siguen sus propios cánones y buscan imponer su estilo en Bolivia y el mundo.

"Hay modelos gorditas y bajitas, lo que no es impedimento para modelar" resume Gabriela Gutiérrez, propietaria de 'Gaby Boutique', una de las empresas bolivianas que fabrica vestidos para la llamada 'moda chola'.

"Lo que se busca es mostrar la belleza de la vestimenta y saber lucirla", subraya.

Unas 50 muchachas se reúnen todos los sábados en el salón de un viejo hotel del centro de La Paz para aprender los secretos del modelaje.

Lucir un conjunto que consiste en una manta de macramé o una falda con seis o nueve pliegues a tono, hecha a mano, "es un lujo" considera Rosario Aguilar, quien abrió la escuela de modelos hace nueve años con apenas 15 jóvenes reclutadas en fiestas populares.

Visionaria, Aguilar vislumbraba el valor artesanal y el atractivo que podía generar este estilo, y creó su productora.

Desde entonces se puso como meta "mostrar a Bolivia y al mundo entero que estas mujeres pueden estar en una pasarela".

- Vestir y caminar con elegancia -

Patricia Rodríguez, una de las instructoras, les muestra cómo deben caminar con elegancia mientras sus faldas doradas de tafetán resplandecen en cada movimiento y su sombrero gris luce en cada gesto.

Rodríguez cuenta a la AFP que para reunir experiencia las jóvenes ya "realizaron presentaciones en varios eventos en La Paz y viajarán a Santa Cruz en junio" para modelar ropa de cholita.

"Estamos tratando de salir al interior y luego al exterior" del país, comentó.

Claudia Villegas es estudiante de ingeniería comercial y modela desde hace dos años.

"Antes no había cholitas en el modelaje, pero ahora imponemos moda, sacamos a relucir las últimas telas, colores y tendencias de los artesanos y también así revalorizamos a la mujer de pollera", dice Villegas, quien "últimamente" ha sido elegida "la cholita del carnaval".

Villegas comenta que este vestuario no es nada barato. "Una parada así, bien bonita, puede costar unos 5.000 bolivianos (700 dólares), además de que las joyas están en 8.000 bolivianos (1.200 dólares) y el sombrero Borsalino en unos 6.000 (800 dólares). Ahorita yo debo estar vistiendo alrededor de 30.000 bolivianos (unos 4.000 dólares)", calcula.

- Un conjunto de varias piezas y joyas -

La ropa de la chola, como se denomina a las mujeres mestizas aindiadas, es ostentosa.

"En la pasarela, la cholita tiene que lucir la manta (una suerte de chal bordado), la blusa o corsé y joyas" de oro o plata, describe Gabriela Gutiérrez, de 25 años.

"Antes la gente de la alta sociedad discriminaba a las personas que vestían de este modo, y creían que sólo servían para empleada doméstica, pero hoy en día no es así", sostiene.

"Ahora las hijas de las señoras que visten de chola no se avergüenzan de la vestimenta de las abuelas y de sus mamás", afirma.

La 'moda chola' logró romper tabúes e instalarse en la política, la economía y la publicidad.

Las cholas son "parte del ámbito publicitario y se las toma en cuenta también para participar en avisos, en vallas, en spots publicitarios", destaca Olga López, ejecutiva de la empresa publicitaria Trazos Creativos.

"La mayor experiencia que hemos tenido es con una entidad financiera, que está dirigida a la microempresa. Para ellos su principal cliente son las mujeres de pollera" (cholitas), relata López.

Aunque el cambio parece a simple vista un asunto de tendencia, refleja una mayor inserción de estas mujeres en la sociedad, especialmente a partir de una nueva Constitución boliviana de 2009.

La irrupción de la chola en los medios y la política surgió en los años 1980 cuando el extinto radialista boliviano Carlos Palenque formó un partido político cuya figura emblemática era Remedios Loza, una mestiza aindiada hija de artesanos.

La llegada al gobierno de Evo Morales, primer presidente indígena, marcó una revalorización de las naciones originarias históricamente marginadas como la aymara y la quechua que, junto a una mayor presencia en los sectores de poder, logran insertar también sus estilos de vestimenta.

Yahoo Noticias



sábado, 5 de abril de 2014

Cholitas con Altura 2014

Cholitas con Altura, con prendas de vestir de ultima moda de la mujer de pollera del siglo XXI.

Cholitas de El Alto y La Paz, muchas de ellas estudian la carrera de Comunicacion Social en la UPEA y UMSA.

Fotos: Hugo Alanoca(Waype)




sábado, 29 de marzo de 2014

Cholita recicladora de basura

Cholita recicladora de basura, excelente postura de una cholita modelando para una empresa de basura de El Alto.


Foto: Facebook