martes, 21 de junio de 2011

Un venezolano en La Paz: "Cholita suspicaz e iluminada"

Rancho, rancho y rancho.

Limpiabotas de La Paz.

Corte de pelo por 2 dólares.

Cholita iluminada.

Cholita suspicaz.
Muchos años intentando ir a Bolivia y por fin fui. Todo para llegar en las fechas justas ( 3 y 4 de mayo) a Macha, pueblito en el sur del país donde se celebra la fiesta del Tinku, una salvajada ancestral de la que hablaré en otro post más adelante.
Pero antes de eso estuve unos días en La Paz para conocer y hacer un reportaje de las “cholitas luchadoras”, ya bastante conocidas mediáticamente en el mundo entero, pero yo no iba a dejar de hacer algo con ellas ¡obvio!
Llegué por la noche muy tarde a La Paz haciendo escala en Lima. El túnel de salida del avión fue como una transferencia a un tiempo pasado. Luces tenues, mobiliario viejo, y una sensación de abandono, de que las cosas funcionan por inercia, por suerte. Los funcionarios de inmigración están en unas casetas de los años 60 y no hay nada computarizado; no es que me importe pero desconfío de los controles y papeles apilados en torres de Babel. Nada directo y mucha burocracia. El aeropuerto del Alto, a 4.000 metros de altura es mínimo y las correas por donde salen las maletas me hicieron recordar a aeropuertos del interior de Venezuela llenos de polvo y aire viejo. Antes de ir a Bolivia sabía que en todo el viaje no iba a estar por menos de los 3.600 metros de altura. Tuve mis momentos de angustia controlada por aquello de ser fumador, hacer poco ejercicio, en fin, esta vida de aburrimiento físico. Y cuando llegué a La Paz, esperando mi maleta insconcientemente esperaba un colapso, una presión cerebral, algo que me indicara que estaba no apto para esas alturas. Pero no, recogí mi equipaje ( salió de último) y ya me estaba esperando el chofer del hotel en la puerta. Seguía sin sentir nada, bueno si, 6 grados de frío.
Lo primero que veo es un gran anuncio que dice: La Paz, 3.600 metros de placer y cultura. Bueno, que bien. Muchas luces en el camino hacia el hotel. Como estoy acostumbrado a las llegadas nocturnas a Caracas y esa visión de “que lindas las luces” por todos lados, no me ilusiono: ya sé que son los miles de ranchos ( chabolas) que rodean la ciudad. El conductor me empieza a hacer preguntas, de dónde vengo y tal. Decir Venezuela es igual a dar pie a un comentario inmediato “¡ah! Venezuela, ¿qué opina usted de fulanito? ( el presidente CH)" “Pues señor, no opino nada, es el presidente del país donde nací y donde vivo”, mi respuesta no lo corta, y se anima “el que tenemos aquí no tiene opinión propia, repite como un loro lo que dice aquel” trato de dar por finalizado el tema “Pues qué lástima” replico, y de una vez cambio la conversación, me ladilla tener que hablar siempre de cosas que no me conciernen y más cuando se trata de personajes tan aburridos. El tema que más me interesa es el de la altitud, no quiero que me dé una vaina. “Señor ¿ qué es bueno para el mal de altura?” “ Mucho té de coca, todo el tiempo, pero no abuse porque es muy fuerte y le puede dar taquicardia, eso si le digo, lo del mal de altura es sicológico, a veces la gente se predispone a que le pase” Ok, digo para mi, pienso lo mismo. La cabeza es ideal para pensar en guevonadas y la mía especialmente. Adopto la posición mental “deja ya de pensar en lo que no ha pasado”
Son casi las dos de la mañana cuando llego al hotel. Me espera un solícito recepcionista ( que me hace pensar que los bolivianos son todos así pero no, no lo son) que me ofrece el primer té de coca de los cientos que tomaré. Vuelvo con el tema de la altura, “no se preocupe, cualquier cosa estaremos muy pendientes de usted esta noche, trate de dormir bien y mañana no haga esfuerzos, descanse y sobre todo, no fume” OK, vale, hasta mañana.

30 de abril

Después de dormir irregularmente, al día siguiente me dedico a investigar varias cosas por la zona donde estoy. Me llama la atención ver por la ventana más ranchos de los que me había imaginado la noche anterior, ¡son un montón! Circundan la ciudad junto a unas bellísimas montañas gigantescas pobladas de nieve abundante.

Texto y fotos: Luis Cobelo.

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