sábado, 19 de noviembre de 2011

Historias de las Cholitas Bolivianas

El accesorio habla, cuenta de los sitios en los que transcurren sus días. Y a veces se hace arte, una verdadera escultura.

El choque de los platillos se confunde con el retumbe de los cohetes que parecen escapar del salto danzante de los caporales. Tras ellos, las mujeres avanzan meciendo sus cortas polleras mientras, sobre las caderas, cargan la cadencia del baile y dos juguetonas trenzas. Y pensar que el cordelillo trenzado que asegura sus cabellos tiene tanta historia como la cultura misma.

Es la tullma (vocablo de origen quechua), que no siempre tuvo la pretensión de ser un accesorio y menos multicolor. Nació cuando el mundo parecía estar pintado sólo en tonos naturales.

En el período prehispánico, las fibras de la llama, alpaca y vicuña —esta última reservada para grandes ocasiones— eran las que daban los colores que uniformaban a las razas, explica Waldo Jordán, antropólogo y especialista en el estudio del textil tradicional andino.

Qué interesante era el tocado cefálico, es decir, los adornos que llevaban hombres y mujeres de los Andes en la cabeza. El más usado fue el peinado de cabellos encrisnejados. La larga melena era trenzada y sujetada con una cinta o una cuerda.

Así, con la práctica, las fibras de los camélidos empezaron a retorcerse y a formar cordeles.

Tras el período republicano el adorno se convirtió en un emblema de identidad de los pueblos originarios. El negro y las gamas de los marrones retocaron las gruesas cimbas de hombres y mujeres de rostros de bronce. Para los eventos importantes los indígenas buscaron elementos sagrados y decorativos a la vez. De modo que antes de las ceremonias tiñeron las tullmas y tejidos con tintes naturales.

Ya en el siglo XX, durante la incipiente paz que sucedió a la Guerra del Chaco, multicolores lanas sintéticas se entremezclaron con los cabellos. Rojos y naranjas se hicieron parte de los adornos de las cholas, pero únicamente de las cochabambinas y chuquisaqueñas, cuenta el antropólogo Jordán.

Milton Eyzaguirre Morales, antropólogo y curador de bienes orgánicos, coincide. “Las cholas paceñas prefieren hoy tullmas de tonos sobrios, negros o marrones, porque combinan con el color de sus cabellos”. Y así, si entre las aymaras del área cincunlacustre, a orillas del Titicaca, las tullmas llevan pompones chascosos que cuelgan uno debajo de otro, en el Norte de Potosí, además de las pompas muy esféricas, están las tik'itas, que al centro ostentan un vidrio y alrededor tejidos que parecen pétalos, complementa Jordán.

En el valle, en cambio, a las trenzas las aprisionan tullmas hechas con lentejuelas y canutillos. Y en la región chuquisaqueña de Tarabuco, los peinados tienen el encanto de su propia identidad. “Las trenzas son largas y pesadas. En ellas se reparten las perlas chinas de blanco opaco”. El fin es que los cabellos no resbalen sobre el rostro. “No es bien visto que una mujer de pollera los tenga encima de la cara”.

En el vaivén de la música

Hoy, en los trajes estilizados de las fiestas, grandes y coloridas tullmas acentúan la coquetería femenina. Antes no fue diferente. Eyzaguirre dice que en el altiplano se usaba las llamadas k'ajchas, especiales para Carnavales y Todos Santos. A estos accesorios las mujeres les ponían amuletos para atraer a los varones, casarse y tener hijos.

De entre las lanas de alpaca aparecían unas figuras antropomorfas hechas de piedra o de mullu mullu (estrellas de mar y conchas), que a un lado contornean la silueta femenina y, al otro, la masculina. “Eran illas, símbolos de la fertilidad y abundancia”.

Pensando en las fiestas es que Richard Orellana Franco abarrota su negocio de tullmas y abarcas. Día a día, enfila las lanas y los cueros en su puesto de la calle Max Paredes de La Paz. “Hay las que son bien coloridas”. En éstas, los pompones se deslizan de una pita. Unas veces resbalan tres y otras cuatro borlas. Además son muy tupidas. “Las usan las señoras”, comenta venciendo la timidez. En cambio las más ralas son para las niñas. Esto lo sabe bien porque 15 de sus 23 años se los pasó atendiendo el gusto de cientos de cholas. “Las negras son de lana de alpaca y cuestan 10 bolivianos”.

En estos sujetadores de cabellos se puede apreciar una seguidilla de pequeñas borlas que nacen una de otra hasta sumar 10 ó 12. También en ébano, la oferta incluye lana sintética. “Éstas las hacemos nosotros”, dice con orgullo.
No es todo. También ofrece —a 15 bolivianos, anticipa— aquellas elaboradas por artesanos de Cochabamba. Están hechas con mostacillas: esferas minúsculas se forman con cientos de cuentas de todos los tonos del arcoiris.

De lana a obra de arte

Las gradas de cemento de la Academia de Bellas Artes conducen a una de las salas donde, entre óleos y acrílicos, aparece la blanca sonrisa de Elvira Espejo Aika. El pincel que lleva en la mano y las manchas de pintura repartidas sobre su mandil, hablan de las clases de pintura que pasa hace cinco años. A sus 22 años, encuentra belleza en cualquier cosa que mira.

La mujer, su cabello y la naturaleza fueron en alguna ocasión las musas para esta oriunda del pueblo de Qaqachaca, en Oruro.

“El pelo es como la rama de los árboles y éstos dan frutos. Yo pensé en que las trenzas son árboles y qué mejor que las tullmas para hacer de frutos”. Rojas manzanas, verdes limones, anaranjados duraznos eran imaginados para culminar las cimbas de las cholas. Pronto plasmó sus ideas en bocetos que no tardaron en llegar a manos de una diseñadora de moda francesa. El año 2003, Elisa Johnston, la protegida del diseñador francés Crhistian Lacroixe, la eligió para que le dé el toque a 30 trajes realizados por manos bolivianas. Así, cumplió su sueño… “Yo no quería ser sólo una artesana, quería ser artista”.
Hoy sigue elaborando tullmas. Todo le sirve para sus obras, desde el alambre hasta las plumas.

El alambre entre sus dedos se convierte en la estructura que sostiene ornamentos. Van forrados con lanas y son capaces de elevarse en forma de tobogán. “En la cabeza parecen una escultura”.

Otros materiales que usa para adosar sus adornos son las plumas de papagayos, loros y las de otras aves que ostentan colores. Estos sujetadores de pelo que, a estas alturas son obras de arte, llevan también en sus borlas de caprichosos tamaños, mostacillas y lentejuelas.

Pero los orígenes de estas piezas no sólo están en los bocetos amarillentos, sino en sus memorias.

Una mirada atenta a su pasado le bastó para darse cuenta de que las tullmas de lana no eran muy resistentes. En especial a los jalones galantes de algún enamorado que buscaba la atención de la cholita con un tirón de la trenza. Dos o tres jugueteos y ésta estaba desecha. Por eso pensó en algo que no se rompa, la solución fue el alambre que, además, hoy le sirve para levantar de las espaldas femeninas “unas esculturas”.

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