martes, 29 de noviembre de 2011

Sombreros paceños se abren paso en Argentina, Perú y Chile

El gusto de la chola paceña por el sombrero Borsalino, fino y de alta calidad, perdura en el tiempo. Su tradicional estilo de copa baja sigue vivo e inspira a sombrereros que realizan imitaciones casi perfectas para atender la exigente demanda interna y los mercados de exportación, Argentina, Perú y Chile.

Pese al cierre de la tienda Broadway, ubicada en la calle Comercio de La Paz, que los traía desde Europa hasta hace cinco años, la actividad de los sombrereros se mantiene y tiende a crecer, sobre todo en los talleres que trabajan con materia prima importada desde Italia, Portugal y Brasil.

Una sola sombrerería de la calle Tarapacá exporta alrededor de 4.600 sombreros de material nacional y genera un movimiento económico de 184.000 bolivianos al año, mientras otras tiendas de la misma línea abastecen la demanda interna.

Según Luis Callisaya, propietario de la sombrerería Ninfa, “Perú compra mensualmente 300 sombreros y al año 3.600 unidades. Los hacemos a pedido y de acuerdo con su cultura, de ala ancha, como utilizan las cholitas de ese país”.

A Chile anualmente se exportan alrededor de 500 unidades y los compradores de ese país adquieren los sombreros de huaso (campesino de la zona central y el sur); éstos van en diferentes modelos para caballeros, damas y niños.

A la Argentina también se envían alrededor 500 sombreros para la fiesta en honor a la Virgen de Copacabana, en octubre, donde los bolivianos bailan en Charrúa (fiesta de integración de migrantes bolivianos).

Demanda interna

Debido al alto precio de la materia prima importada, las ventas en el mercado nacional bajaron, pese al gran movimiento que generan las festividades religiosas, como la fiesta del Señor Jesús del Gran Poder.

Ante esta realidad, “la gente prefiere comprar imitaciones de Borsalino, sombreros más baratos, de material nacional, con un precio promedio de 180 bolivianos”, afirmó.

La sombrerería Ninfa, una de las más antiguas de La Paz, firmó un contrato con la Fraternidad Morenada Los Intocables, por un paquete de 200 sombreros para caballeros a un precio de 40 bolivianos por unidad, además de 50 sombreros adquiridos independientemente por las fraternas.

Mientras se cumplen los contratos en las fechas festivas, las sombrererías tienen temporadas en las que venden un promedio de 10 sombreros por mes y por eso varios negocios se dedican a servicios de limpieza y reacondicionamientos.

Marcela Ticona, propietaria de la sombrerería Universal, recordó que hace 10 años las cholitas usaban sombreros Borsalino, importados de Italia a Bs 4.000, “pero ahora sólo existen imitaciones de estos sombreros en lana de oveja y son baratos”.

Hace 5 años un sombrero Borsalino costaba Bs 1.800; hoy, uno a medio uso sale a Bs 1.200.

FIELTRO BASE

El fieltro base para elaborar sombreros subió de 200 a 300 bolivianos, y la mano de obra cuesta entre 70 y 100 bolivianos. Patricio Callisaya, artesano, indicó que cada sombrero se realiza en tres días y se hacen entre 15 a 20 unidades por semana.

Los artesanos utilizan material importado desde Brasil y Portugal, hechos con lana de oveja o de conejo, mientras que otros trabajan con la empresa chuquisaqueña Charcas, que les provee fieltros a base de lana de conejo con un acabado final de alta calidad.

El primer paso para hacer un bombín es el engomado. Se sumerge el fieltro base en agua caliente mezclada con goma. Luego se procede al secado natural, que toma un día, y se comienza a moldear el sombrero. En la última etapa, el acabado final, se da brillo al sombrero y se revisa en detalle antes de colocarlo en exposición.


ALGUNOS ANTECEDENTES DEL BOMBÍN

La introducción del bombín italiano al país se dio en 1920, cuando una sombrerería importaba por primera vez los sombreros Borsalino.

En su libro La Chola Boliviana, el escritor boliviano Antonio Paredes Candia señala que ante la poca venta que tenía la sombrerería, el dueño había optado por poner en la vitrina un anuncio que decía: “Última moda para cholitas”. Eso llamó la atención de los originarios, que pasados unos meses estaban estrenando los sombreros europeos.

Antes de 1920, los primeros sombreros que lucía la mujer de pollera fueron elaborados con fibra de la hierba del esparto (vegetal) y coloreada con el tinte del albayalde (mezcla de carbonato de plomo).

Con el paso del tiempo, como cuentan los sombreros, sufrió muchos ajustes. En un inicio su introducción en copa baja causó el boom en la moda popular, poco a poco pasó por diferentes transformaciones hasta moldear una copa elevada.


Se impone el Borsalino de copa baja

Los coquetos sombreros expuestos en las vitrinas de las tiendas de la calle Tarapacá, en La Paz, varían de acuerdo con el modelo y la altura de la copa, entre altas, medianas y bajas.

Los gustos son variados y hay sombreros para cada ocasión. Los artesanos están obligados a actualizar sus diseños de acuerdo con las tendencias de la moda europea y las fusionan con estilos propios de la cultura local.

Armando Pacari, propietario de la sombrerería Universal, señaló que la calidad actual de los sombreros, comparada con años pasados, es la misma, pero aclaró que lo que cambia son los modelos. “Por ejemplo, ahora está volviendo la moda de sombreros Borsalino en su medida tradicional de copa baja, que se usaba hace 20 años”.

Las fraternas, como es el caso de María Luisa Balboa, integrante de la morenada Tropa de la Plana Mayor, prefieren lucir “el último grito de la moda en sombreros”, los de copa baja, porque consideran que los de copa alta son cosa del pasado.

Ellas están conscientes de que adquirir un Borsalino italiano es un sueño y además saben que lucirlo también representa un riesgo, inclusive para su propia seguridad.

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