jueves, 31 de diciembre de 2015

Investigación de la Chola y arquitectura boliviana

En la actualidad, vestir el traje tradicional de chola no es solo un indicador de etnicidad, sino también una señal de opulencia. Un traje completo cuesta más de 2.000 bolivianos ($ 900.000).

El Príncipe Alexánder, entre las avenidas Bolivia y Cochabamba, tiene dos salones de fiesta, siete pisos y una cancha de fútbol cubierta en la quinta planta. El edificio, que costó aproximadamente dos millones de dólares, es propiedad del sastre boliviano Alejandro Chino Quispe, quien repite de memoria y sin falsa modestia una historia que le narra a todos los periodistas que lo buscan en la ciudad de El Alto.

Muchos vienen para tratar de entender de qué manera un grupo de indígenas aimaras ha sido capaz de amasar en pocos años fortunas tan grandes como para construir magníficos palacios, como el suyo, que dejan a cualquier visitante sin palabras.

“Soy originario de Achacachi, en la provincia de Omasuyos, en el departamento de La Paz. Empecé como ayudante de sastre a los 14 años y siempre he trabajado junto a mi familia, hasta llegar a ser uno de los modistos más exitosos del país. Visto a funcionarios, embajadores, militares, folcloristas y viajo a menudo a eventos internacionales para representar a Bolivia”, precisa el sastre. Y explica cómo fue la construcción del Príncipe Alexánder.

Desde la terraza del edificio se ve una alfombra de casas de ladrillo color tierra, en la que sobresalen arco iris de edificios con espejos en las ventanas. Esos son los tesoros que esconde la ciudad y que la están convirtiendo en un atractivo turístico de La Paz.

El Alto es una ciudad relativamente nueva. Se edificó hace tres décadas alrededor del aeropuerto internacional que tiene el mismo nombre, por ser la terminal aérea más alta del mundo (ubicada a 4.008 m.s.n.m.), y que presta sus servicios a la capital boliviana, pues se encuentra a solo 14 kilómetros de La Paz.

El Alto es un sitio de asentamiento de indígenas de diferentes zonas rurales del país y junto con la capital conforman el área urbana más poblada del país, con 1’613.457 habitantes, según el censo del 2012.

Pero mientras que La Paz, sede del Gobierno, es una ciudad bulliciosa y llena de encanto, que está haciendo un gran esfuerzo para regular el tráfico, educar a su gente y embellecer su centro histórico, El Alto no es, al menos en apariencia, más que una extensión amorfa de urbe.

El lugar deja en evidencia una incontenible reproducción de edificios bajos y desaliñados y sufre las inclemencias de un tráfico irrespetuoso, en el que un río de carros toca las bocinas incesantemente y donde hombres, mujeres y niños parecen enjambres de hormigas que se mueven en todas direcciones.

El Tiempo

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