martes, 24 de octubre de 2017

Cholitas perpetuaron cultura fotográfica

En Brasil, durante la década de los 60, la mayor diversión de Gilmar Maccagnan, cuando tenía siete años, era revelar fotos en blanco y negro junto a su padre. “Recuerdo que en la recámara oscura solo se permitía una luz roja, muy tenue, para evitar que las luces blancas perjudiquen la calidad de las fotos, algo que tornaba el lugar en un mundo mágico”, dice el fotógrafo que hoy tiene 35 años de experiencia.

Maccagnan, como su abuelo y sus padres, perpetuaron su cultura fotográfica. Fue un proceso “por osmosis”, dice. “Yo no nací. Yo fui revelado”, bromea y comparte que por ello su sangre es tipo B “negativos”.

Premios en concursos de fotografía lo impulsaron a hacer de las cámaras su herramienta profesional y convertir los rostros en su especialidad.

Él halló en los retratos de familia un sentido a su trabajo, pero con una gran diferencia ya que utiliza la fototela, una antigua técnica europea, que consiste en laminar un póster fotográfico tradicional, adherir y prensar la película fotográfica sobre una tela previamente tratada, sea de lino o de algodón. Esta práctica proporciona a la imagen el efecto de una pintura hiperrealista. “Ese elemento pictórico clásico combina perfectamente con mi estilo contemporáneo y su vocación para estar expuesto en las paredes”.

Su trayectoria cuenta con 80.000 fototelas expuestas en 30.000 hogares de 21 países, nacidas en sesiones familiares.

“Mi dirección artística controla ángulos, luces y formas geométricas, así como otros factores. Cada pose tiene los mismos cuidados de un escultor, siguiendo mis conceptos de estética, buscando expresiones faciales que revelen lo mejor de los modelos”.

Así, sobre telas, las imágenes familiares se convierten en un recuerdo de generación a generación.

La Razón


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